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miércoles, 30 de enero de 2008

Los 35 y la Maternidad


Estadísticas y temores versus madurez y cuidado

Toda circunstancia en nuestra vida tiene una posibilidad estadística de ocurrir, que si bien es útil para considerarla cuando hacemos docencia o debemos tomar decisiones comunitarias, ante cada caso en particular, esa misma estadística pierde real sentido.

Todos los seres humanos somos únicos, y cómo se comportará la estadística con cada uno de nosotros es impredecible, así también cómo consideraremos y qué importancia nosotros le daremos a esa estadística es también individual y se relacionará a nuestra historia de vida y nuestro presente.

Para las mujeres de más de 35 años, las estadísticas señalan mayores posibilidades de tener hijos especiales.

Los hijos son todos especiales para las madres. Algunos requerirán por parte de ellas mayores esfuerzos, sufrimientos, cansancio, preocupaciones en algún momento de sus vidas, pero también nos darán grandes satisfacciones mientras crecemos juntos y además esa incomparable recompensa de poder sentir el “gracias, Má, me has ayudado a crecer y conocer el mundo”, dada en la especial e individual manera de expresarla de cada hijo.

Creo que algo de lo que las estadísticas no hablan pero sí se comprueba permanentemente es la profundidad en todo el sentido de la palabra de la relación de esas madres con sus hijos, se percibe claramente que desde el principio de la gestación han internalizado la increíble maravilla del milagro de gestar un niño y sienten y actúan en consecuencia.

La madurez que ya han alcanzado en la vida se transmite en cada uno de sus actos, no son miedosas como erróneamente se las califica, son CUIDADOSAS de la obra más grande que realizaron en sus vidas.

El momento de tener un hijo depende de innumerables variables, toda circunstancia de vida tendrá efectos que podremos calificarlos como positivos o negativos, en el caso de las mamás después de 35 creo que le hacemos a las futuras madres especial énfasis en que las estadísticas indican que pueden tener bebés especiales, pero no ponemos ese mismo énfasis en señalarles las grandes ventajas que su experiencia de vida les da para enfrentar el más grande desafío de la humanidad.


LA MATERNIDAD.
Prof. Dr. Jorge César Martínez
Médico Neonatólogo y Pediatra
información recopilada de www.embarazadas.com.ar

La audición y el lenguaje del bebé


Los bebés escuchan hablan y pronto empiezan a imitar. Los que padecen trastornos auditivos, al no recibir los estímulos, que se le dan, suelen tener una deficiente vocalización y variación de sonidos.

Luego de abandonar el apacible vientre materno el bebé se sumerge en un mundo acústico por excelencia. Oye desde el nacimiento y es sensible sobre todo a la voz humana; disfruta si le hablan o le cantan. Puede responder ante un sonido fuerte con una reacción de sobresalto, con muecas faciales, parpadeo, movimientos corporales, callándose si está llorando o llorando si está callado. Detener el reflejo de succión o modificar su ritmo respiratorio y su frecuencia cardíaca.


El recién nacido mueve los ojos hacia el sonido. A partir de los 3 meses gira la cabeza hacia el lado donde oye: esto puede ser evaluado con un sonajero a 20 cm del oído. Se observa como mueve la cabeza o los ojos al escuchar el tintineo. Responde a sonidos suaves o susurros. A partir de los 6 meses puede imitar sonidos y alrededor de los 7 meses responde a su nombre y le gusta jugar con objetos ruidosos agitándolos enérgicamente. Además deja caer objetos al suelo para averiguar el ruido que producen.


¿Cómo aprenden los niños a hablar?
Los bebés escuchan hablar a su alrededor y pronto empiezan a imitar, produciendo sonidos parecidos al lenguaje. Además algo sucede cuando producen un sonido y eso los alienta a que produzcan más, obtienen refuerzo positivo y lo usan nuevamente. Los primeros sonidos de “no llanto” que hacen los bebés ocurren cuando están contentos y consisten en arrullos, vocales largas y sonidos de gorgojeo. Hacia los seis meses los sonidos se hacen más cerrados, repetidos y frecuentes: este período se llama “barboteo”.
Existe una relación entre la cantidad de juego vocal madre-hijo y la cantidad de vocalización que realiza el niño. Los bebés con trastornos auditivos empiezan a vocalizar al mismo tiempo que los bebés sin trastornos, pero al no recibir los estímulos auditivos, suelen tener una deficiente vocalización y variación de sonidos. Esto se debe a que el barboteo es primero una respuesta innata y posteriormente puede ser modificado por el estímulo ambiental. El barboteo no progresa si no hay una adecuada percepción de los propios sonidos y los de los padres al contestar.
Se denomina “lenguaje pasivo” al proceso de comprensión que permite a los bebés entender órdenes simples, como tocarse la nariz o traer la pelota, etc. Entre los 9 y 12 meses conoce el significado de muchas palabras, incluyendo nombres de otros miembros de la familia y alrededor de los 10 meses emite la primera palabra y comienza la producción del lenguaje propio que se denomina “lenguaje activo”.


Trastornos de Audición
La sordera de lactantes y niños que aún no caminan es fácil de pasar por alto. Las demoras en el diagnóstico y en el tratamiento pueden llevar a dañar el desarrollo del lenguaje, generando desventajas o trastornos de por vida. La mejor acción es la prevención.

Los niños que padecen pérdidas auditivas durante los primeros meses de vida con un nivel mínimo de audición (umbral) por encima de 65 decibeles, a menudo comprometen severamente la actitud para empezar a hablar y tienen un desarrollo lingüístico defectuoso. Mientras que los que presentan un umbral de 80 decibeles desarrollan una alteración auditiva grave.

Las pérdidas auditivas en niños pueden ser uni o bilaterales. Su origen puede ser congénito, por la presencia de síndromes genéticos o estar relacionadas con enfermedades agudas como traumatismos, meningitis o enfermedades propias del oído, tales como derrames persistentes o crónicos, asociados a la otitis media.

Los factores de riesgo que permiten identificar un perfil de alto riesgo para hipoacusia son: prematurez (edad gestacional menor de 37 semanas), asfixia neonatal (valoración de Apgar menor de 3), bajo peso al nacer (menor de 1200 g), sepsis o infección neonatal, fármacos potencialmente ototóxicos, hiperbilirrubinemia con exsanguinotransfusión, meningitis bacteriana, hemorragia intraventricular, antecedentes de rubéola durante el embarazo o de sordera congénita familiar. Existe una alta frecuencia de niños que tienen factores de riesgo para trastornos auditivos, sobre todo en aquellos que son dados de alta de terapia intensiva neonatal y se verán beneficiados si son sometidos a estudios de detección de hipoacusia antes de cumplir el año de vida.

Dra. Silvina Cuartas
Médica Pediatra

Aumento de peso durante el embarazo: ¿Cuántos kilos es esperable aumentar?





La ganancia de peso en la mujer embarazada no es el mismo durante todo el embarazo y depende de diferentes factores, tales como el peso pregestacional (peso al inicio del embarazo), retención de líquidos y el tipo de alimentación.Todos estos factores son evaluados por médicos y nutricionistas quienes de acuerdo a la historia personal de cada mujer dirán cuántos kilos debe aumentar.

De manera orientativa y teniendo en cuenta el factor pregestacional podemos decir que las mujeres con:

* peso pregestacional normal, deben aumentar 12 kg. (entre 10 - 13kg).
* peso pregestacional en sobrepeso u obesidad, deben aumentar un mínimo de 7Kg (entre 7 - 10Kg).
* peso pregestacional bajo deben aumentar más de 13kg (entre15 -17Kg).

Si lo consideramos trimestralmente, la ganancia de peso para una mujer con peso pregestacional normal será:

* 1º Trimestre: 0 - 12º semana: 0-1Kg de incremento
* 2º Trimestre: 13º- 24º semana: 3-4kg de incremento
* 3º Trimestre: 25º- 40º semana: 8Kg de incremento

Durante el embarazo es de suma importancia tener una buena alimentación ya que el estado nutricional de la mujer embarazada afecta tanto al embarazo como al peso del niño al nacer.
Sin duda, para tener un bebé sano, el camino más seguro es elegir una alimentación completa limitando el consumo de comidas rápidas (hamburguesas, hot dog), azúcares simples (golosinas, helados, gaseosas, tortas, etc.) e incrementar las proteínas y las fibras. Concurrir a los controles médicos periódicos, estar activa, eliminar el cigarrillo, el alcohol y limitar la cafeína.

Alergia infantil


La alergia es una reacción exagerada del organismo a ciertas sustancias que se ingieren, se inhalan o se tocan. Conviene aprender a detectar los diferentes síntomas, para iniciar el tratamiento cuanto antes. Así evitarás que la alergia de tu hijo vaya a más.


Rinorrea, asma, eccema… son algunos de los síntomas que aparecen ante una alergia. Si tu hijo sufre alguno de estos trastornos conviene que te dirijas al médico cuanto antes para diagnosticarla, tomar las medidas oportunas e iniciar el tratamiento, si existe. Pero sigue leyendo. Te damos más pistas certeras.



¿Tienen más riesgo los hijos de padres alérgicos?

Si los padres son alérgicos es muy probable que el niño también tenga manifestaciones alérgicas, ya que este trastorno suele ser hereditario. Por lo tanto, los padres que son alérgicos tienen que estar muy atentos ante la posible aparición de síntomas sospechosos de alergia en sus hijos.


¿Se manifiesta desde el nacimiento?

No. Al nacer un niño no es alérgico porque no ha estado en contacto con ninguna sustancia extraña, solo tiene predisposición a ser alérgico.
Después de un tiempo en contacto con alérgenos (leche de vaca y otros alimentos, ácaros del polvo, pólenes, epitelios de animales...) el niño se sensibiliza y aparecen los síntomas. Una vez se manifiesta la enfermedad alérgica, aparece siempre que el niño entra en contacto con la sustancia que la provoca.


¿Qué enfermedades nos hacen sospechar?

La dermatitis atópica, un eccema que aparece los primeros meses y produce picor intenso, puede indicar que el bebé es alérgico. La dermatitis atópica afecta a los niños con predisposición alérgica, que suelen terminar desarrollando otras alergias: respiratorias, a los alimentos, a los medicamentos... También pueden ser alérgicos los niños que reaccionan ante la picadura de un insecto con urticaria intensa e hinchazón exagerada.


¿Qué hacer en caso de duda?

Hay que tratar al niño como si fuera alérgico, impidiendo el contacto con la posible causa. Además, se debe consultar con el médico, quien le enviará al alergólogo o al neumólogo. El especialista le realizará las pruebas, que consisten en pinchar distintos alérgenos en el antebrazo para observar la respuesta y confirmar si reacciona. Si las pruebas son positivas, el doctor informa a los padres sobre la enfermedad, indicando riesgos, peligros y precauciones. Los papás deben comunicar al colegio el problema de su hijo, informar de todas las sustancias que le perjudican y explicar qué hacer si tiene una reacción.


¿El niño alérgico puede tener una reacción grave?


En la mayoría de los niños las manifestaciones alérgicas son leves, pero la alergia es imprevisible, puede dar un susto en cualquier momento. Cualquiera que sea la sustancia que la produce, puede causar choque anafiláctico, que se manifiesta con mareos, visión borrosa, bajada de tensión, dificultad para respirar y pérdida de conciencia, síntomas que pueden llevar a un estado grave (parada cardiorespiratoria). Aunque es poco frecuente, hay que saber que puede ocurrir y, si es así, cómo actuar.

Mamá a cualquier edad





¿Hay una edad ideal para hacernos madres? ¿Cómo descubrirla, cómo adecuar nuestras necesidades con los límites físicos que la naturaleza nos impone? ¿Habrá una edad perfecta o será solo un momento adecuado?

Primíperas añosas
Hace pocos días, en uno de esos programas de televisión que nadie ve pero que inundan las tardes argentinas, una conocida vedette que ya pasó la barrera de los 50 proclamaba su deseo de volver a ser mamá.
Más allá de que el deseo enunciado sea cierto o un mero pretexto promocional, esta declaración vuelve a poner sobre el tapete la discusión acerca de la mejor edad para encarar la maternidad
Nuestras abuelas -nacidas bajo el signo del machismo universal- poco podían plantearse esta cuestión. Por lo general, los 20 años las encontraban casadas y con más de un bebé a cuestas. La aparición y popularización de la píldora en los años 60 colocó a la mujer en posición de elegir. Pero si bien podía controlar la natalidad, la sociedad no la miraba con buenos ojos si ya casada o "en edad de merecer" se dedicaba a otra cosa que no fuera la formación de una familia.
Las mujeres jóvenes de hoy nos enfrentamos a una disyuntiva real (o sea, de real aplicación): ¿Cuál es el mejor momento para convertirnos en madres?
Según un estudio publicado por el British Medical Journal (una de las más prestigiosas revistas médico-científicas) "las posibilidades que una mujer tiene de quedar embarazada y, posteriormente, llevar a buen término dicho embarazo, declinan considerablemente a partir de los 35 años, en forma independiente de su historial reproductivo". El estudio citado lista una serie de inconvenientes que suelen aparecer con mayor asiduidad una vez pasada la barrera de los 40 (abortos espontáneos, malformaciones, embarazos extrauterinos, etc.). De hecho, en cualquier libro de obstetricia, una mujer que espera su primer hijo después de los 30 años recibe la calificación de "primípara añosa" (¡!!) porque, si bien la ciencia ha avanzado muchísimo (y permite extender unos años las posibilidades de concepción), los límites biológicos no se han desplazado.

"Vieja" pero sabia
Sin embargo, el artículo también plantea un beneficio asociado al incremento de la edad materna. "La experiencia y el conocimiento tienden a ser mayores que en las mujeres más jóvenes; además, la situación económica también suele ser mejor en estos casos."
La maternidad es un trabajo arduo. Requiere de una mujer que pueda relegar su reinado en pos de otro ser que, a partir de su nacimiento, ocupará el centro de su atención. Necesita de paciencia, de reflexión, de generosidad. Y, fundamentalmente, de ganas.
Las mujeres de hoy desplegamos un largo listado de metas a cumplir antes de llegar al momento indicado: terminar los estudios, hacernos un buen lugar profesional, consolidar la pareja, tener un espacio propio y cierta estabilidad económica. Muchas veces el empeño puesto en lograr esos objetivos nos impide conectarnos con el deseo que, por su naturaleza, nunca es completamente oportuno.

Fernanda, 31 años, odontóloga, embarazada
"Me preocupa un poco tener a mi primer hijo a los 31. Por una parte estoy contenta, porque hasta ahora lo pasé bárbaro, pero me preocupa el paso del tiempo, hay menos posibilidades para adelante.
Siempre tuve miedo de tener que volver a que mi familia me cuidara, o me sostuviera económicamente. Tenía la sensación de que si no echaba raíces fuertes como adulta, iba a terminar yendo para atrás en lugar de para adelante? Por otra parte no quería abandonar mi carrera y sentir que no había podido avanzar por culpa de otro.
Entonces me puse a probar :quise saber hasta dónde podía llegar..
Ahora me resulta más sencillo decidir qué dejar."*

"Eva, 33 años. Licenciada en Educación, dos hijos
Para mi tener mi primer hijo a los 30 fue fabuloso. Vino en el momento adecuado, buscado, deseado. Siento que ahora tengo capacidad para tomar decisiones, para hacerme cargo. A veces pienso: si los hubiera tenido antes ya estarían criados y ahora empezaría otra etapa: podría viajar…Pero la verdad es que no cambiaría lo pasado, porque estudié, laburé. Y quién sabe si en vez de estar disfrutando no estaría ya divorciada y buscando otro hombre…"*

Por Laura Leibiker
autora del libro Detengan el mundo
¡estoy embarazada!

Aprenden de nuestros fallos


Nuestros hijos nos ven como dioses, pero somos humanos y nos equivocamos. Así que cuando erramos, solo nos queda reconocerlo y sacar partido de la situación.

Somos modelo de nuestros hijos 24 horas al día, 365 días al año. Pero no todo ese tiempo somos brillantes ejemplos de madurez y armonía. A veces mentimos, perdemos los nervios, decimos palabrotas... ¿Queda nuestra labor pedagógica dañada cuando trasgredimos las normas que intentamos inculcarles? No tiene por qué, es más, siempre podemos convertir nuestros momentos menos afortunados en lecciones para nosotros mismos y para nuestros hijos. Veamos qué pueden aprender nuestros hijos en algunas de estas situaciones comunes.



Perdemos los nervios

* No debemos preocuparnos. El ritmo de los padres no coincide con el de nuestros hijos: cuando queremos que se den prisa, se entretienen más; cuando queremos unos momentos de paz, ellos prefieren saltar... Si perdemos los nervios, tampoco hay que agobiarse: debemos reconocer en voz alta nuestro error, decir que así no se resuelven las cosas, buscar una salida positiva al conflicto e intentar que no vuelva a pasar.
* Qué aprenden. Que somos humanos y que hay cosas que nos hacen daño o nos hacen reaccionar de forma incontrolada... Pero que después retomamos las riendas.
* Cuándo es un problema. Cuando estallamos por cualquier cosa con descalificaciones y agresividad. Les estamos enseñando a irritarse por tonterías, les damos la «explosión» como solución a un conflicto.
* Cómo solucionarlo. Hemos de localizar las situaciones en las que perdemos los nervios y buscar las causas. Podemos pedir ayuda a nuestros hijos: «Cuando me esté enfadando, decidme la palabra mágica “alikun” y me daré cuenta de que me estoy pasando».




Hablamos mal de alguien

* No hay que preocuparse. No siempre estamos de acuerdo con todo el mundo, ni todo nos parece bien.
* Qué aprenden. Nuestros valores y juicios, y que no todos los comportamientos nos parecen correctos. Obtienen criterios para expresar sus discrepancias, establecer sus juicios y hacer críticas constructivas, siempre que el tono y lenguaje haya sido adecuado.
* Cuándo es un problema. Hemos pasado toda la tarde con nuestros amigos y sus dos hijos y nada más decirles adiós empezamos a criticar su forma de educar a los niños, aunque delante de ellos hemos sido todo sonrisas. En estos casos, o cuando hablamos sistemáticamente mal de todo el mundo, hemos de cuestionarnos seriamente a nosotros mismos, porque estamos enseñando a nuestros hijos a ser falsos y cobardes, a tener dos caras. A no afrontar con valor sus relaciones.
* Cómo solucionarlo. Lo mejor es reconocer que nos hemos equivocado con nuestra actitud. Les diremos que es mejor expresarnos ante una persona cuando no estamos de acuerdo con ella, y haremos un esfuerzo por llevarlo a la práctica.




Mamá y papá discutimos delante de ellos

* No hay que preocuparse. La vida diaria está plagada de situaciones en las que las parejas discrepan... y discuten. Estas discusiones serán positivas para nuestros hijos siempre que no nos descalifiquemos, escuchemos al otro y lleguemos a un acuerdo final. «Nos queremos mucho, pero a veces no estamos de acuerdo», podemos decir a nuestros hijos para reforzar la idea de que una pelea no implica desamor.
* Qué aprenden. Que puede haber puntos de vista diferentes igualmente válidos; aprenden a expresar sus discrepancias, a ceder, a agradecer que el otro ceda... Aprenden que la felicidad en pareja no depende de estar siempre de acuerdo, y adquieren herramientas para discrepar sanamente en el futuro en las relaciones con sus amigos o pareja.
* Cuándo es un problema. Si al discutir nos insultamos, gritamos, damos portazos y nos tiramos los trastos, debemos reconocer que tenemos un problema. Los niños se asustan mucho con los gritos y portazos. A veces sienten que tienen que tomar partido, o se culpan de la pelea, aunque no tengan nada que ver. Aprenden que las relaciones de pareja son violentas y es probable que repitan el modelo.
* Cómo solucionarlo. Deberíamos replantearnos nuestra forma de discutir: aprender otra forma de comunicarnos más allá de la agresividad y la acusación. Si el problema no es solo el lenguaje, entonces tendríamos que reconsiderar nuestra relación nuestra relación y buscar ayuda profesional. Deberíamos hablar con nuestros hijos y decirles que esa no es la forma adecuada de tratar a nadie; y que vamos a aprender otra forma de comunicarnos cuando no estemos de acuerdo. Y hacerlo.




Iustración de un niño que mira a su madre pillada en un descuido Decimos palabrotas

* No hay que preocuparse. Una palabrota esporádica y en situaciones de estrés no va a suponer ningún trauma para nuestro hijo. De todas formas, siempre debemos disculparnos y expresar que no ha sido una respuesta adecuada: «Perdona, esto no debemos decirlo nunca».
* Qué aprenden. Que a todos se nos puede escapar una palabrota en ocasiones, pero que no pertenecen al lenguaje de la vida diaria.
* Cuándo es un problema. Cuando son habituales. Aunque las digamos riendo, si las dirigimos contra ellos o contra personas queridas, les agredimos y les enseñamos a agredir a los demás.
* Cómo solucionarlo. Debemos hacer un esfuerzo por cambiar, haciendo a nuestros hijos partícipes de ello: “Voy a echar 20 céntimos en una hucha por cada palabrota que se me escape». Que los niños vean nuestro interés por hacer las cosas de otra forma, y el método que utilizamos para ello.




Nos pillan mintiendo


* No hay que preocuparse. «No te preocupes, si ya estaba despierta», decimos bostezando por teléfono a nuestra amiga, que nos ha llamado en plena siesta. Nuestro hijo nos mira extrañado. Acabamos de soltar una mentira de lo más tonta y gratuita.
* Qué aprenden. Que nos importan los sentimientos de los demás, y que a veces actuamos para no dañarlos. Pero hemos de dejarles claro que se trata de una situación excepcional. En lugar de enseñarles el valor de la mentira piadosa, es mejor demostrarles que la verdad bien dicha no tiene por qué dañar.
* Cuándo es un problema. Hay dos casos que son especialmente problemáticos. En primer lugar, cuando le mentimos a él: le decimos que volveremos en un minuto, cuando nuestros planes son ir al cine. Este tipo de mentira, aparentemente piadosa (para que no llore ahora), crea en los niños gran ansiedad a medio plazo, porque no pueden confiar en sus padres. También será dañino para él escuchar que no vamos al concierto «porque el niño está malo», o porque nosotros mismos no nos encontramos bien, cuando no es cierto. Aprenderán a esconderse detrás de la enfermedad o excusas socialmente aceptadas para no afrontar sus retos o problemas. Si mentimos tenemos asegurado un hijo que mentirá.
* Cómo solucionarlo. Si le hemos mentido debemos disculparnos, reconocer lo mal que lo hemos hecho y tomar todas medidas para que no vuelva a ocurrir.




Rompemos una promesa


* No hay que preocuparse. Tienen memoria de elefante y veinte años después se acordarán de «aquella vez que me dijiste... y luego...». Pero hay razones de causa mayor, que escapan a nuestro control, y así hemos de explicárselo. Y ofrecerles una compensación: una alternativa atractiva a la promesa incumplida.
* Qué aprenden. Que hay situaciones que escapan a nuestro control y que hay que ser flexibles.
* Cuándo es un problema. Cuando les hacemos promesas que no pensamos o no podemos cumplir. «Si terminas los deberes bajamos al parque». Pero cuando termina es tarde (en realidad ya era tarde cuando se lo dijimos), y lo posponemos alegremente «para otro día».
* Cómo solucionarlo. Reconocer el error, pedirle disculpas, corregir nuestra actitud y no prometerle cosas que no podamos cumplir.

¿Qué espera el bebé de sus padres?

El recién nacido es un ser completamente desvalido, que depende por entero de sus padres. Sin nuestras atenciones y afecto no podría sobrevivir. Para que nuestro hijo crezca seguro y confiado, debemos darle lo que necesita en cada momento.



Responder a las demandas de nuestro bebé alimenta en él un sentimiento de confianza, que se va consolidando a lo largo del primer año y es de vital importancia. Si el niño puede confiar en las personas que lo cuidan, no verá el mundo como un lugar amenazador y aprenderá a confiar también en los demás. Pero… ¿cómo saber qué espera de nosotros?




Hay que estar a su lado


El bebé necesita a alguien junto a él, que sea sensible a sus demandas y le transmita cariño y seguridad. Y esta persona suele ser la madre.

* Con la madre existe un fuerte vínculo afectivo, que se establece incluso antes del nacimiento. Si la relación con mamá es estrecha y sólida, el bebé se siente protegido, y se vuelve confiado.
* La madre puede afianzar ese vínculo de seguridad con su actitud hacia el niño: acariciándole cuando llora o devolviéndole la mirada cuando él la mira. Estas pautas quedan grabadas en la memoria del bebé: «Soy importante para mi mamá».
* La dedicación de la madre intensifica la relación. Si es quien más tiempo pasa con el niño, no es raro que sea en ella en quien más confíe él. Por eso, si necesita consuelo y ambos padres están disponibles, suele preferir los brazos maternos (y hay que respetarlo). Esto no significa que el bebé no confíe en papá. Si se deja consolar por él cuando mamá no está, es señal de que también existe un fuerte vínculo con el padre.
* Que el niño necesite a alguien a su lado no implica que la madre deba estar con él las 24 horas del día. Durante años, los psicólogos insistieron en que los niños requerían, especialmente en el primer año, una única persona de confianza. Pero hace tiempo que esta idea ha sido desmentida. Los bebés asumen sin problemas, y hasta con agrado, que varias personas se ocupen de ellos (aunque es preferible que no sean más de tres). Lo que hacen es desarrollar vínculos de distinta calidad, distinguiendo entre figuras muy cercanas (mamá, papá) y otras más lejanas (el abuelo, la tía, la canguro...).
* Lo que sí perjudica (y confunde) al bebé es cambiar constantemente de cuidadores.


Actuar de inmediato

A un recién nacido hay que atenderlo de forma rápida y eficaz. Y eso requiere saber interpretar su lenguaje.

* Las necesidades de un bebé no se pueden aplazar. Si está hambriento, tiene frío o está asustado, hay que poner remedio sin dilación. Es la mejor manera de demostrarle que puede fiarse de sus padres, porque están ahí cuando los necesita. La teoría de que hay que dejar llorar a los niños, porque si no se malcrían, no tiene fundamento. Cuando un recién nacido llora, sea cual sea el motivo, hay que acudir enseguida y ofrecerle el consuelo que precisa.
* Cuando un niño llora, está diciendo que algo le pasa, el problema es que muchas veces no es fácil adivinar qué. Al principio hay que esforzarse en descifrar el llanto, observando y escuchando lo que pide en cada momento. «¿Tiene hambre, sueño o, tal vez, el pañal mojado?».
* Con el tiempo, los padres distinguen los tipos de llanto. Y eso es importante. Pero no hay que sentir remordimientos por interpretar mal el llanto alguna vez. No va a trastocar la confianza que el bebé tiene en nosotros.
* A veces, el niño ha comido bien, ha dormido, está seco... y no deja de llorar. El recién nacido también puede protestar porque se siente solo y reclama a mamá: el contacto corporal es tan importante y vital como el alimento. Las necesidades del bebé no son solo físicas, sino también afectivas. Necesita un ambiente cálido y acogedor con muchas, muchas muestras de ternura.




Guardar la calma

Para el niño es tranquilizador que sus padres sean capaces de mantenerse serenos en los momentos difíciles.

* En ocasiones, cuando el bebé se siente mal, lo único que necesita es una persona que esté con él y conserve la calma. Alguien que le tenga en brazos mientras llora o que se siente junto a su cuna y se quede allí, en silencio, acariciándole la cabeza. Eso le tranquiliza mucho.
* El problema es que cuando un bebé llora desconsoladamente y los padres no saben cómo apaciguarlo, es habitual que se desesperen y acaben perdiendo los nervios. Entonces, en lugar de ternura y afecto, el pequeño recibe una demostración de enfado: por haber interrumpido el sueño de sus padres, por la impotencia que da no saber qué hacer.
* El bebé percibe el cambio. Aunque no comprenda el significado de las palabras, nota que el tono de voz es distinto, que la actitud no es tan cariñosa como siempre... Pero eso no le hace perder la confianza, pues reconoce la situación como un desliz. De hecho, si en algún momento de la misma noche vuelve a necesitar a sus padres, los reclamará de nuevo y se dejará consolar sin tener en cuenta la reacción anterior.
* Lo ideal sería que los padres siempre se mostraran comprensivos y pacientes. Pero, si excepcionalmente no lo hacen, no deben culpabilizarse por no comportarse como el bebé espera.


Respetar sus deseos

Cumplir sus expectativas también implica saber reconocer cuándo desea que le dejen en paz.

* El exceso de estímulos molesta a los bebés. Los recién nacidos son muy sensibles al exceso de luz, ruidos... y envían señales claras. Por ejemplo, vuelven la cabeza cuando no quieren recibir carantoñas o empiezan a llorar si se les mira con insistencia a los ojos. Ser sensibles a sus necesidades conlleva estar atentos a estas reacciones y actuar en consecuencia.
* Estar siempre cerca, saber escuchar, tener paciencia, ser afectuosos, derrochar comprensión, transmitir seguridad... a veces requiere un enorme sacrificio. Pero merece la pena. Lo que se consigue en este periodo tiene repercusión en el resto de la vida.
* Los bebés que crecen sintiéndose seguros y confiados, después son niños independientes. Además, pueden concentrarse mejor, juegan con más fantasía, se relacionan más fácilmente con otros niños y desarrollan un elevado sentimiento de autoestima.

información recopilada de ser padres hoy